DIVERSIDAD E INCLUSIÓN EDUCATIVA: ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE
EL LIDERAZGO EN EL CENTRO ESCOLAR

1. Introducción

Los centros escolares constituyen, en nuestros días, contextos  caracterizados por la diversidad de su alumnado, reflejo, a su vez,  de sociedades  cada vez más diversas. El cuerpo de estudiantes es hoy más heterogéneo que nunca en  su composición cultural,  étnica, lingüística, de clase, de género, de capacidad. La presencia de  grupos minoritarios con sus correspondientes perspectivas culturales y religiosas, de alumnos con necesidades educativas especiales, o que provienen  de familias con graves problemas sociales y económicos  etc.  constituye una realidad que no es irrelevante a lo que acontece en los centros escolares. A la complejidad que representan las metas múltiples  y  con frecuencia conflictivas de éstos, la realidad cambiante en la que están inmersos, las perspectivas diversas sobre los propósitos de la educación, se añaden los desafíos y oportunidades que conlleva el imperativo de ofrecer  a todos los alumnos una educación adecuada y oportunidades para una vida digna.

En las páginas que siguen se abordan algunas cuestiones sobre el tema. Se plantean desde una mirada que se focaliza en el centro escolar en su conjunto, como organización que no puede cerrar sus puertas a la formación y desarrollo de todos sus alumnos, y en el liderazgo necesario para caminar en esa dirección.

El primer apartado propone una breve referencia a la inclusión educativa en tanto que horizonte desde el que plantear la respuesta a las múltiples caras  de la diversidad del alumnado. Seguidamente se argumenta  que uno de los planos desde los que abordar  la problemática de la diversidad y  los riesgos de exclusión educativa es el organizativo. En efecto, los centros escolares pueden constituir un contexto organizativo poco propicio a la inclusión: en el tercer apartado se apuntan algunos de los aspectos que podrían estar contribuyendo a ello. Sobre uno de tales aspectos –el liderazgo desplegado en el centro escolar- se plantean algunas reflexiones en el cuarto apartado, básicamente articuladas  sobre la noción del liderazgo como un proceso que ha de ser una responsabilidad de todos en el centro, y cuyo carácter democrático e inclusivo no puede limitarse únicamente a los cargos directivos, aunque éstos desempeñan en el centro un papel clave.

2. Inclusión educativa: incluir a todos

El interés por el  fenómeno de la diversidad y sus implicaciones, tanto en el plano social, político y económico como, más específicamente, en el educativo y escolar  -en lo que respecta al currículo y enseñanza  a desarrollar en las escuelas, y  en lo que se refiere a los aspectos y dinámicas organizativas-  es evidente en los últimos años.  Múltiples experiencias, reflexiones e investigaciones han ido abordando el tema  desde la óptica de la exclusión y riesgos de exclusión educativa que amenaza a  un buen número de alumnos en nuestras escuelas, desde la perspectiva de la inclusión educativa, así como desde los planteamientos de la justicia social, particularmente en sus versiones más críticas. 

Desde esos marcos teóricos, se coincide, en general,  en reclamar una visión amplia y comprensiva de la diversidad, en sus múltiples vertientes. Si la educación inclusiva estuvo en sus primeros momentos más focalizada en alumnos con “necesidades educativas especiales” pues se planteó como un paso más allá de la idea de integración de tales alumnos en aulas regulares, en la actualidad ha ampliado su mirada (Aiscow,2001,2004, 2005, 2007; Henze, 2000;  Arnaiz, 2003; Echeita, 2006; Ryan,2006). En palabras de Parrilla (2004), la educación inclusiva ha ido ganando terreno como movimiento que desafía y rechaza las políticas, culturas y prácticas educativas que promueven cualquier tipo de exclusión  (p.196).  En términos similares se expresa Ainscow (2007) cuando señala: En muchos países la educación inclusiva todavía es considerada como un enfoque para servir a niños con discapacidades dentro de los marcos de educación general. Sin embargo, internacionalmente cada vez es considerada de modo más amplio como una reforma que apoya y asume la diversidad entre todos los alumnos (UNESCO, 2001). Presume que la meta de la educación inclusiva es eliminar la exclusión social que  se deriva de actitudes y respuestas a la diversidad en raza, clase social, etnia, religión género y capacidad (p.3).

La inclusión,  pues, como propósito escolar alcanza a todos los alumnos; conlleva no excluir a nadie de la formación a la que tienen derecho por razones de justicia y democracia.  

También se reclama esa mirada amplia sobre la diversidad, la diferencia y los fenómenos de exclusión por parte de los teóricos de la justicia social y la educación. Su planteamiento gira en torno a la importancia de hacer de las escuelas instituciones más equitativas y justas y, en ese marco, se ha ido reconociendo que   junto con la exclusión y marginación  que opera en la sociedad en general y en los sistemas educativos en particular en torno a ejes como son los de raza/etnia, género, orientación sexual, religión o clase social, es preciso contemplar  la exclusión basada en la capacidad de los alumnos, aunque éste ha sido un eje que dichos teóricos habitualmente han omitido en sus discursos (Doyle, 2005). Como ha señalado Theoharis (2004), hay una conexión necesaria entre justicia social e inclusión de alumnos con necesidades educativas especiales, ya que la justicia social no puede ser una realidad en las escuelas donde los alumnos con déficit en capacidad son segregados, sacados de clases regulares, o reciben un currículo y enseñanza separado (p.2).

En definitiva, la problemática de la exclusión educativa y los mejores propósitos de inclusión  no se circunscriben a unos u otros alumnos sino a todos ellos. En cualquier caso,  las múltiples y diferentes fuentes de diversidad sitúan a los alumnos en zonas de vulnerabilidad y los hacen proclives a diferentes modalidades de exclusión (Escudero, 2005); de ahí que los desafíos que representa para los centros escolares la atención a todos ellos, son notables. Tienen que ver  tanto con el trabajo en las aulas como con aspectos curriculares y organizativos que atañen al centro en su conjunto y a las dinámicas de liderazgo que se desplieguen en él. Sobre ello se comentan algunas cuestiones en los apartados que siguen.

2. La importancia de  focalizarse en las dinámicas de funcionamiento del centro escolar  como organización

La lucha contra la exclusión escolar y la defensa de enfoques amplios de inclusión  traspasa los límites de las escuelas, pues no sólo atañe a éstas sino a las políticas sociales y educativas más amplias.  Los planos a considerar son, pues, múltiples. Uno de ellos es el organizativo. A él aludiré  seguidamente, sobre la idea de fondo de que la inclusión educativa y la provisión de una enseñanza rica y valiosa para todos los alumnos constituyen un reto para el centro escolar en su conjunto, cuestiona muchas de sus prácticas como tal y exige un cambio cultural importante en él.

Cuando hablamos de escuela inclusiva la propia expresión nos remite a “escuela”, acentuando así la importancia de las  condiciones y capacidades de la organización escolar que hagan posible la inclusión.  Ésta no se dirime únicamente en el aula, ni es el resultado de actuaciones de personas individuales que hacen cosas admirables pero en aislamiento; es el centro en su conjunto el que ha de articular respuestas coherentes y globales a los retos que representa la diversidad. Ainscow (2001) lo expresa claramente cuando señala:

Para que el compromiso con la inclusión pueda transformarse en acción, éste debe impregnar todos los aspectos de la vida escolar. En otras palabras, no se debe concebir como una tarea aparte coordinada por una persona o grupo específico. Más bien, debe situarse en el corazón mismo de todo el trabajo de la escuela, siendo elemento esencial de la planificación del desarrollo y llevado a cabo por todos los que tienen responsabilidad en el liderazgo y en la gestión escolar (p.2)

Considerar la diversidad y la inclusión como una cuestión que atañe al conjunto del centro escolar  nos sitúa ante la necesidad de mirar al contexto organizativo en el que estamos inmersos: los valores y principios que orientan el funcionamiento del centro, las prácticas y rutinas asentadas en él, las normas y modos de hacer dados por sentado  y en general, sus condiciones organizativas. Todos y cada un o de estos aspectos pueden estar facilitando la inclusión o, por el contrario,  representar barreras para la misma; en tal caso contribuirán, probablemente de modo sutil y no explícito, a acrecentar el riesgo de exclusión educativa de ciertos alumnos.

El análisis, la reflexión y cuestionamiento sobre lo que acontece en el centro, en qué medida está contribuyendo o dificultando una respuesta coherente a la diversidad y qué actuaciones de mejora  se podrían emprender sobre el particular,  no es una empresa sencilla. Sin duda la principal barrera –también la más infranqueable-  para conseguir que los centros escolares sean organizaciones atentas a la diversidad  está en las ideas, las normas, las creencias y actitudes vigentes en la escuela, los patrones de funcionamiento  y las prácticas de los agentes implicados.

En nuestras mentalidades y prácticas está  muy arraigada una visión, ampliamente cultivada también por teóricos e investigadores, según la cual   las dificultades educativas se explican  en términos de déficits de los alumnos, es decir como dificultades intrínsecas a ellos mismos ( Allard y Cooper, 2001;  Smyth et al, 2003;  Shields, 2004, Aiscow, 2005). De ahí que se hable de  “alumnos con necesidades educativas especiales”, y se catalogue como “problemáticos” a ciertos estudiantes en función de su condición económica, de etnia, lengua o género.  Tal visión, como apunta Ainscow (2007) es una barrera para la escuela inclusiva en la medida en que  distrae la atención de cuestiones sobre por qué fracasan las escuelas en enseñar a tantos niños exitosamente (p.3).

Plantearse ese por qué fracasan las escuelas al que alude Ainscow, remite necesariamente a reflexionar sobre en qué medida el centro escolar y sus dinámicas de funcionamiento educativo y organizativo responden adecuadamente a las necesidades del alumnado.  Uno de los aspectos  que distrae la atención es, precisamente, ese pensamiento de déficit, esa tendencia a  patologizar (Delhi, 1996; Furman y Shields, 2003; Shields, 2006), es decir, a considerar, en base a ciertas características culturales, de etnia, clase social,   que algunos alumnos  o grupos son intrínsicamente menos capaces que otros. Cuando es así, se hace descansar la problemática de la diversidad, del alunado en riesgo de exclusión escolar sobre las características presumiblemente compartidas por individuos que no responden de manera “normal” a las relaciones y prácticas escolares. Pero al poner el acento en las características y peculiaridades de los alumnos y dejar fuera del análisis al  escenario organizativo en el que éstos se desenvuelven (las reglas y formalidades por las que se rige, las relaciones que promueve, las formas de participación y pertenencia que cultiva, los modos de hacer y de conducta a los que los alumnos han de acomodarse) la lógica que subyace no es otra que la de considerar que las dificultades de los alumnos están ligadas a sus características personales, sociales y familiares (Nieto, 2004; Portela, 2004). No se tiene en cuenta a las organizaciones y las dinámicas educativas que articulan a través de sus estructuras, sus procesos y sus relaciones,  como si lo que ocurre en ellas fuese neutro y careciera de incidencias mayores. Semejante lógica salvaguarda, y más de una vez solidifica,  los esquemas pedagógicos y organizativos con los que funcionamos, que quedan protegidos de cualquier tipo de cuestionamiento y, por ende, de evolución (Natriello, 1986, Wehlage y Rutter, 1986; Bergenson et al, 2003; Lee y Burkan, 2003; Smyth et al. 2003). 

Está también  arraigado el supuesto, frecuentemente implícito,  de que la atención a la diversidad es un asunto que depende de profesores o profesionales particulares; se relega, así, a los márgenes de la organización y a la responsabilidad aislada de programas especiales y  sus  profesionales,  y no del centro. Así lo revela, por ejemplo, los datos de una investigación realizada en Murcia sobre alumnos en riesgo de exclusión educativa en la ESO que se centró en  los programas de Diversificación Curricular y los de Garantía Social (Martínez, Escudero, González, García y otros, 2004). Una de sus conclusiones  hace referencia  a  que a pesar de que en los centros se está dedicando un tiempo y energía nada despreciable para llevar a cabo estas medidas de atención a alumnos en riesgo, es sin embargo escasa la  capacidad organizativa para asumir una responsabilidad colectiva para con la realidad social, personal y escolar de todos sus estudiantes,  así como para considerarla como prioridad del centro. En su funcionamiento cotidiano, se tiende a asumir  que la atención a estos alumnos es asunto que descansa en una estructura,  el departamento de orientación, y en ciertos profesores  o profesionales. La respuesta educativa a los alumnos en riesgo no es un atributo del centro en su conjunto: Ni la preocupación, ni el interés, ni la toma de decisiones sobre estos programas son vividos como una cuestión de centro, tendiendo  a convertirse en algo marginal, en una faceta del centro (IES) que en última instancia se deriva a los márgenes de la organización (González, 2004).

Planteamientos y posturas como las comentadas contribuyen a que el centro escolar como organización educativa no  siempre constituya un foco de atención  a la hora de abordar la problemática de la diversidad y los riesgos de exclusión educativa. Evidentemente, son múltiples los planos a contemplar en una problemática como ésta, en la que se entretejen muchas causas y factores, no todos ligados a los alumnos ni todos ligados al propio centro escolar. Pero sin duda,  focalizarnos  en  éste no es sino un modo de advertir que   sus condiciones organizativas pueden representar un entorno educativo  poco propicio y estimulante para ciertos alumnos, pueden  estar contribuyendo al desajuste cotidiano entre éstos y el funcionamiento de un cierto orden escolar. No olvidemos, en efecto,  que es el centro escolar, en ultima instancia,  quien a través de sus estructuras, su relaciones, sus códigos y prácticas específicas,  etiqueta  y determina quiénes son alumnos “normales” y quienes son “diversos”, el que les plantea unas demandas y exigencias, les brinda o no ciertos apoyos y acogidas y, en definitiva,  los sitúa en una cultura escolar más o menos inclusiva. Si las condiciones y capacidades del centro escolar no son las más adecuadas para acoger y responder a la población heterogénea de estudiantes, difícilmente podrá acometer el reto de que todos los alumnos- no sólo los que responden a un modelo ideal-  puedan aprender lo que es justo y pertinente.

2.1. Ciertas condiciones organizativas constituyen  una barrera para la inclusión

La organización, en palabras de Santos Guerra(2002) es el escenario que alberga las actividades y en el que se desarrolla la convivencia. Es también, el requisito que hace viable llevar a la práctica los postulados que pretenden conjugar el respeto a la igualdad y la necesaria atención a la diversidad. Tal escenario  puede generar condiciones y capacidades para acoger, dar una respuesta a un alumnado crecientemente diverso,  propiciar y estimular el desarrollo de oportunidades educativas valiosas para todos ellos o, por el contrario representar un obstáculo  para que así ocurra.
Diversas investigaciones y aportaciones sobre la problemática de la exclusión educativa y  el abandono escolar, han ido poniendo de manifiesto cómo aspectos ligados a la propia organización de los centros  pueden contribuir a que éstos constituyan un entorno de riesgo (Escudero, 2005, 2005a; González, 2006) para ciertos alumnos. Aludiré brevemente e ellos:

2.1.1. Tendencia a homogeneizar y fragmentación del currículo

Las escuelas son organizaciones que tienden a la homogeneización, Como apunta Santos Guerra  (2002) ello se refleja en prácticas que se asientan  en el principio de  todos durante el mismo tiempo para hacer lo mismo con idéntica finalidad, y  que se articulan sobre una determinada concepción del alumno con el que se está trabajando:  Debería ser una escuela para todos (es decir, para cada uno), pero es una escuela para un tipo determinado de individuo Concretamente, para el que reúne estos rasgos o la mayoría de ellos: varón, blanco, sano, normal, católico, payo, autóctono, culto, rico, castellano hablante.

La tendencia a la homogeneización es particularmente evidente en el currículo escolar  formal  (concebido generalmente como contenidos y exigencias  incontestables  a ser aprendidos e información objetiva a ser enseñada, Shields, 2006), el cual puede servir a unos alumnos pero representar para otros un escollo importante. Un currículo, por otra parte, caracterizado por un alto grado de abstracción del conocimiento, a su vez fragmentado  en áreas o asignaturas. Éstas con frecuencia son desarrolladas en la práctica también fragmentadamente -según la óptica particular de cada profesor o, en el mejor de los casos, de cada departamento o equipo de profesores-,  aunque con fuertes dosis de homogeneidad:   metodologías  centradas más en el docente que en los alumnos,  estrategias de enseñanza limitadas, rígidas e idénticas para todo el grupo,  textos y otros materiales didácticos no siempre ajustados a las características y necesidades de los estudiantes; evaluaciones competitivas, etc.

No siempre el currículo dispuesto y el modo en que se despliega en el las aulas es adecuado para promover aprendizajes valiosos para todos los alumnos (Escudero, 2007). El análisis de  en qué  medida  promueve tales aprendizajes implica preguntarnos qué enseñamos y por qué y a qué modelo de persona y de sociedad estamos contribuyendo. Es probable  que debamos entonces suplantar algunos de los supuestos habitualmente dados por sentado sobre los que se asientan las dinámicas curriculares y de enseñanza en el  centro escolar.

2.1.2. Estructuras para la coordinación y trabajo docente infrautilizadas y tendencia al individualismo

Apoyar y posibilitar el aprendizaje de todos los alumnos requiere el compromiso y colaboración del conjunto de los miembros del centro. El trabajo con los estudiantes no puede ser planteado como una mera agregación de actuaciones dispersas, sin coordinación y, sobre todo, sin unidad de propósito; de ahí que la colaboración y trabajo conjunto entre profesores y entre estos y otros profesionales sea imprescindible. Aunque ciertas estructuras organizativas  (equipos de ciclo, departamentos, comisión de coordinación pedagógica, etc.) pueden ser potencialmente valiosas para  hacerlo posible, éstas no siempre constituyen contextos de relación profesional en los que  se trabaje conjuntamente sobre el curriculum y enseñanza  a desarrollar en las aulas,  se exploren y desarrollen vías para satisfacer las necesidades únicas de cada alumno  y  se contribuya, en el marco del proyecto global del centro, al desarrollo de una oferta educativa coordinada.

Ofrecer un currículo coherente, coordinado y sin lagunas, que, a su vez,  sea significativo para todos, no será posible si las estructuras de coordinación constituyen únicamente unidades administrativas formales. Menos aún   si en el centro  se sacraliza la autonomía y discrecionalidad docente, so pretexto  de que  la enseñanza y atención a los alumnos se resuelve únicamente en el espacio acotado del aula y por cada profesor. Cuando el funcionamiento en el centro se articula sobre una lógica individualista, se corren muchos riesgos de ofrecer un currículo y enseñanza que a la postre no será sino una mera agregación de actuaciones dispersas y escasamente coordinadas. Se considerará como “lógico” que la enseñanza y atención a los alumnos  sea un atributo no del centro en su conjunto sino de cada uno de los docentes, e, igualmente, que las problemáticas más específicamente relacionadas con la diversidad conciernen no al centro sino del departamento de Orientación, al profesor de apoyo  o similar.

2.1.3. Formas de agrupamiento de alumnos que promueven la exclusión

Las formas de agrupamiento no son sino modos de ordenar y clasificar  la heterogeneidad de la población escolar. En nuestro sistema escolar, por ejemplo, las regulaciones y normativas determinan que bajo ciertas condiciones de diversidad los criterios de agrupamiento por edades y cursos  han de  complementarse con otros más específicos, ligados a la capacidad e incapacidad, interés o desinterés por los contenidos y tareas escolares, o  expectativas altas o bajas respecto a sus rendimientos académicos. A través de su aplicación,   ciertos alumnos quedan tipificados y catalogados como estudiantes que  no se ajustan a la enseñanza y currículo regular. Así ocurre con medidas pedagógicas  como los Programas de Diversificación Curricular, y Programas de Garantía Social  (Programas de Cualificación Profesional Inicial, en la nueva ordenación educativa establecida por la LOE, 2006)

Las posibilidades de agrupamiento de alumnos son múltiples. Sin embargo, ciertas decisiones sobre este particular que separan a los alumnos con mayores dificultades, problemas o desenganche -que también suelen ser quienes sufren mayores desventajas sociales y económicas- pueden resultar discriminatorias, aunque tal no sea la intención de quienes las promueven. Llevan emparejado  el riesgo de etiquetaje de alumnos -lentos, inútiles, problemáticos,…- y la anticipación de un rendimiento bajo. No es infrecuente que se les termine ofreciendo  una educación para “mantenerlos ocupados” hasta que dejen el sistema escolar: trabajo de aula de bajo-nivel, repetitivo, pasivo y poco estimulante (Oakes, 1997; González, 2002;  Lleras, 2001; Feito, 2002), lo cual, más de una vez, confirma el rendimiento bajo de dichos alumnos.

Las formas de agrupamiento  y sus implicaciones en lo que respecta a la atención que recibirán los alumnos,  a la asignación de profesores a los grupos, o al clima de convivencia y aprendizaje en el centro justifican sobradamente la necesidad de reflexionar detenidamente sobre los significados y efectos -excluyentes o inclusivos, segregadores o integradores- de las mismas y sus posibilidades educativas y formativas.

2.1.4. Condiciones organizativas que generan un clima escolar inhóspito para los alumnos

No siempre todos los estudiantes  sienten que “pertenecen” al centro escolar. Las relaciones  entre ellos y los que allí trabajan pueden contribuir a que lo vivan como un lugar ajeno, perteneciente a los adultos  (Bergeson et al. 2003).  Las reglas de funcionamiento del centro pueden ser familiares para unos alumnos -a los que implícitamente privilegian- y menos familiares para otros, representando para ellos barreras de poder que los silencian y marginan (Shields, 2004). El centro escolar puede ser un contexto despersonalizado, burocrático y de anonimato, un contexto que responda sólo “de puntillas” a las necesidades académicas, sociales  y emocionales del alumno, o no les ayude a estar incluidos y a participar como miembros del mismo.  Shields (2004) es contundente a este respecto cuando señala:

…el diálogo sobre la diferencia no debe ser suprimido cuando ocurre naturalmente –sea en clase de matemáticas, en el gimnasio, en la sala de profesores. Si creamos condiciones bajo las cuales algunos niños sienten que deben ocultar quiénes son y cuáles son sus circunstancias, estamos rechazando la importancia de la participación democrática y las relaciones significativas (…) A no ser que todos los niños experimenten un sentido de pertenencia en nuestras escuelas, estarán siendo educados en instituciones que los excluyen y marginan, que perpetúan la desigualdad y la no-equidad más que la democracia y la justicia social (p.122).

También en este terreno, pues, pueden existir obstáculos que impidan  hacer del centro escolar  una “comunidad”, un contexto organizativo que ofrece una experiencia acogedora e inclusiva en el que cada individuo es conocido, reconocido y tratado como tal, y participa  directamente en la actividad escolar.

2.1.5. La escasa conexión y trabajo  con las familias

La implicación de las familias es absolutamente vital para un enfoque inclusivo de la escuela y la educación. Cuando no se cuida esta relación,  cuando la comunicación  con ellas es mínima o incluso, con algunas, nula, cuando no se activan cauces reales de participación e implicación, las familias quedan excluídas de la vida  del centro escolar. Éste las deja  fuera, tal vez  dando por sentado que la comunidad escolar ha de aceptar y ser  asimilada por los valores, creencias, propósitos y formas de hacer  definidas desde  dentro del propio centro, por los que trabajan en él. La  escuela inclusiva, por el contrario, construye puentes entre profesores, alumnos y familias, y genera oportunidades para que éstos tomen parte en la vida organizativa.

2.1.6. Dinámicas de liderazgo

El apoyo decidido de los equipos directivos así como el  liderazgo ejercido en las escuelas es la condición sine qua non para remover barreras que dificultan la inclusión en el centro escolar, para  orientar un contexto organizativo en el que  se asume una responsabilidad colectiva con la realidad social, personal y escolar de todos sus estudiantes, para comprender  que la lucha contra la exclusión es tarea del conjunto de profesores y profesionales y una prioridad del centro escolar.Como apunta Ryan (2006), la inclusión de los alumnos en los procesos de aprendizaje es, de hecho, una parte importante de la práctica inclusiva. Pero el liderazgo también es un elemento crítico (p.16)

Pero también aquí pueden erigirse obstáculos para la inclusión.  Pensemos por ejemplo en directivos que  resisten de manera activa y/o pasiva cualquier intento de reconocer la diversidad y la diferencia,  que  se muevan en el marco de la “cultura mayoritaria” y mantienen enfoques asimilacionistas, sin tomar en consideración  la diversidad en sus centros.  Ryan (2006)  lo subraya claramente cuando dice:

Las personas pueden estar regular e injustamente excluidas de la escuela y la vida comunitaria en base a su posición económica, ‘background’ étnico, de género, orientación sexual, etc. También pueden estar excluidas por las prácticas de liderazgo en las escuelas, ya sea porque se les deja de lado en los propios procesos de influencia y liderazgo o porque sufren bajo prácticas de liderazgo que  aprueban o trabajan hacia valores que no favorecen la inclusión (p.  46)

Las dinámicas de liderazgo desplegadas en el centro no son ajenas a las  facetas curriculares, organizativas y educativas comentadas a lo largo de este apartado. Es preciso el liderazgo, y es preciso desarrollarlo en un sentido amplio. Sobre ello se aportan algunas reflexiones a continuación.

3.  El liderazgo y su despliegue en el centro escolar

El planteamiento de una escuela que no excluya  conlleva cambios profundos  en la cultura escolar. Tales cambios incluyen los supuestos, principios, creencias y  valores vehiculados por  la acción pedagógica en el centro,  los lenguajes utilizados así como las  normas no escritas y los patrones más o menos rutinarizados de abordar los acontecimientos y actuar en relación con ellos.  

Las modificaciones culturales no se pueden imponer. No ocurren  sólo porque se remuevan formalidades y estructuras, porque se  elaboren y gestionen formalmente bien los correspondientes  planes, programas y proyectos de trabajo  Se trata de procesos paulatinos que no ocurren de la noche a la mañana, pues atañen a cómo se re-configura el centro escolar, su compleja red de valores, creencias, normas, relaciones sociales y de poder. En ese discurrir hacia otro modo de entender y ser escuela, el liderazgo es fundamental, y de él hablaremos en este apartado.  

3.1. El liderazgo y la figura del director escolar

Al hablar de liderazgo en los centros escolares, invariablemente aparece  en nuestros discursos la figura del director/a del centro y no es infrecuente que ambos (dirección, liderazgo) queden ligados. Buena parte de la reflexión teórica  sobre los procesos de dirección escolar ha ido dejando claro en los últimos años que un director  no sólo ha de circunscribir su actuación a  gestionar adecuadamente la organización, sino que ha de liderarla (González, 2003, Murillo, 2006). Se ha insistido así en la importancia de que  el director  - “líder formal” de la organización- articule,  promueva  y cultive una visión de lo que debería ser el centro escolar que dé sentido y significado a los propósitos y actuaciones organizativas,  la comunique a los profesores y logre de ellos asentimiento y compromiso; se ha insistido, igualmente, en que en el ejercicio de su liderazgo el director ha de esforzarse  en reconocer y potenciar  a los miembros de la organización y  orientarse a  transformar sus creencias, actitudes y sentimientos (Leitwhood y Jantzi, 2000).

La  centralidad de la figura del director es evidente en  buena parte de las aportaciones que  se han ido haciendo en los últimos años sobre  la inclusión educativa y el liderazgo (Guzmán, 1997; Bargerhuff, 2001; Bauer y  Brown, 2001;  Walter, 2005, Dimmock et al., 2005).  Cabe citar, a título ilustrativo,   la revisión de Rielh (2000) sobre el rol de los directores escolares en la respuesta a necesidades de un alumnado cada vez más diverso, o la realizada por Leithwood y Rielh (2005)  sobre prácticas del liderazgo de directores exitosos entre las que incluyen las de aquellos que trabajan en contextos escolares en los que predomina la diversidad del alumnado. En ambos trabajos se subraya el importante papel  del liderazgo del director para afrontar los retos que plantea  la diversidad en el discurrir organizativo y educativo de sus centros escolares. Desempeñan un papel crucial al atender a aspectos  como: promover y cultivar nuevos significados sobre la diversidad en el centro; cultivar  un sentido compartido de  comunidad inclusiva implicando a alumnos, familias, docentes, etc.;   ejercer un liderazgo pedagógico centrado en la  tarea nuclear de las escuelas, esto es, en los procesos de enseñanza- aprendizaje con vistas a promover prácticas inclusivas en las aulas así como la coherencia curricular en el centro en su conjunto;  atender al desarrollo de comunidades profesionales de docentes que trabajan conjuntamente  y en colaboración  sobre la práctica curricular y de enseñanza;  reforzar conexiones y relaciones entre la escuela y las comunidad, pues  la creciente diversidad de estas últimas exige que se refuercen los recursos y capacidades de las familias para implicarse productivamente en la escuela y apoyar el aprendizaje de sus hijos, etc.

Los referidos  autores se sitúan en coordenadas  diferentes a las nuestras, y no conviene hacer una lectura lineal de sus aportaciones. El trabajo del director en este terreno es complejo y, desde luego no  se desarrolla al margen de los marcos sociales, políticos y escolares en los que se mueve. Una muestra de ello queda patente en  los artículos incluidos en el primer número del año 2007 de la revista School leadership and management referidos a un proyecto de investigación  en el que participaron 7 países. Se trataba de determinar en qué medida los directores facilitan o impiden el acceso a las escuelas a niños de grupos minoritarios o marginados (Goddard y Hart, 2007; Trnavcevic, 2007; Saiti, 2007;  Mahieu y Clic, 2007; Leeman, 2007; Johansson,  Davis y Geijer, 2007). Ponen de manifiesto cómo las políticas educativas condicionan las actuaciones directivas, pero también la ruptura  entre lo que se establece en las normativas y lo que  ocurre en las prácticas cotidianas de las escuelas. En dichas rupturas los directores juegan un papel nada desdeñable, y no siempre en  línea con la idea de una mayor inclusión educativa.

Como decía, son todas ellas aportaciones que se localizan en contextos diferentes al nuestro, pero ilustrativas del  grado en que la práctica de los directores constituye un elemento crucial en la promoción de escuelas no excluyentes. No obstante la centralidad de las actuaciones del director de un centro merece algunas matizaciones, como veremos  a continuación.

3.2. Liderazgo y  dirección: una equiparación problemática

La equiparación  dirección y  liderazgo, que como se señaló antes ha venido siendo habitual entre los teóricos e investigadores de la dirección escolar,  es cuestionada por algunos estudiosos que subrayan que éste no reside necesariamente en  los cargos jerárquicos  o posiciones formales:  también otros miembros, ya sea formal o informalmente, pueden influir en la orientación y dinámicas organizativas y educativas del centro escolar y contribuir a promover (o también a sabotear) cambios y mejoras. En este caso, el liderazgo es concebido no tanto como ejercicio de influencia unilateral sobre creencias, valores, y acciones de otros en la organización, sino como  la “energía” que se genera colectivamente cuando los individuos trabajan juntos,  toman y comparten iniciativas y responden y construyen sobre ellas (Groon, 2003; Spillane, 2006). Está ligado a formas compartidas de llevar a cabo el trabajo escolar y a la acción convergente que se forja cuando se reúnen capacidades, conocimientos, experiencia práctica y perspectivas de los miembros de la organización con vistas a resolver tareas complejas, que requieren recursos y plantean exigencias mayores que la capacidad de cualquier individuo o individuos aislados. Aunque no necesariamente sinónimas,  expresiones utilizadas por los estudiosos del liderazgo escolar, tales como ‘liderazgo distribuido”, ‘liderazgo compartido’  y ‘liderazgo democrático’  remiten  a esa consideración del mismo  como proceso que no está ligado a una sola y única persona, sino incardinado en la comunidad escolar  como un todo.

En relación con el tema que nos ocupa -el liderazgo en contextos escolares de diversidad-  también junto con la constatación de que el director  puede desempeñar un  importante papel de liderazgo y de que su contribución y apoyo son imprescindibles en la consecución de contextos escolares que valoren y celebren la diversidad y ofrezcan una enseñanza valiosa para todos los alumnos,  algunas reflexiones advierten que no cabe circunscribir el liderazgo únicamente al director y sus actuaciones  (o no-actuaciones). No sólo porque éste no es el único que lo puede desplegar, sino también porque las ideas e ideales que puedan contribuir a desarrollar pensamientos, actitudes y actuaciones equitativas, justas, inclusivas e innovadoras en la organización no están ligadas únicamente  a quien ocupa un rol formal, ni “pertenecen” a un individuo particular. 

Esta es una idea importante cuando hablamos de escuelas que no excluyan. Ryan (2003, 2006) por ejemplo la desarrolla extensamente cuando habla de liderazgo inclusivo, entendido no en términos de posiciones o individuos que hacen ciertas tareas sino en el sentido  de  un proceso colectivo en el que cada uno es incluido. El mencionado autor señala que  un obstáculo para  que la escuela sea más inclusiva radica en la visión individualista del liderazgo, esa tendencia  a admitir que éste está ligado a individuos particulares, que ocupan una determinada posición formal en la organización,  que actúan de un determinado modo y sentido, a los que se les supone  capacidad de influir en los demás y de los que se espera que hagan  grandes cosas. Es una concepción  “heroica” del liderazgo que, no obstante,  señala el mencionado autor, pasa por alto que grupos de personas que trabajan juntas influyen más en lo que ocurre en las escuelas que un solo individuo, e imposibilita ver este proceso como uno de naturaleza colectiva e inclusiva, en el que están implicados todos los miembros de la escuela:

Las escuelas no tienen porque confiar en individuos extraordinariamente poderosos y talentosos  para que las cambien por la fuerza de sus deseos y visiones singulares. Más bien, la inclusión puede ser lograda por personas que trabajan conjuntamente aceptando y reconociendo las contribuciones modestas pero importantes de cada uno en sus comunidades escolares. No es necesario decir que los directores pueden hacer contribuciones importantes a tal proceso. Pero los directores no tienen porque llevar el peso del mundo sobre sus espaldas: ellos pueden y deberían compartir liderazgo con otros. (Ryan, 2003:9)

Reflexiones en  esta misma línea,  desde un planteamiento más focalizado en la justicia social, nos las ofrecen los trabajos de Furman (2003), Furman y Shields (2003) Shields (s.f) y Shields y Sayani (2005) cuando defienden  la importancia de desarrollar un  ‘liderazgo democrático’ en contextos escolares caracterizados por la diversidad del alumnado. Las mencionadas autoras -en su interesante propuesta de  ligar la práctica de liderazgo educativo con los conceptos normativos de Justicia Social  y Comunidad Democrática-,  argumentan que, desarrollado democráticamente, el liderazgo escolar puede contribuir a  afianzar  propósitos valiosos como la justicia social, la equidad y el aprendizaje para todos. Éstos constituyen propósitos morales a perseguir en las escuelas, que remiten, por tanto, a la necesidad de un liderazgo moral. Pero así como los discursos más habituales sobre liderazgo moral (Sergiovanni, 2000; Evans, 2000; Greenfield, 2004) se han centrado en el individuo (el lider, por ejemplo, el director) y en los valores y ética mantenidos por él, las referidas autoras entienden que el locus de agencia moral en la escuela se sitúa en la comunidad escolar, más que en una persona aisladamente considerada. Defienden, en tal sentido,  la necesidad de que la práctica del liderazgo esté basada en  un marco ético más amplio que denominan “ética de la comunidad”. La definen del siguiente modo:

En sus términos más simples, una ética de comunidad significa que directores, profesores, personal escolar, padres y otros miembros de la comunidad interesados por las escuelas, ‘se comprometen con el proceso de comunidad’; en otros términos que se sienten moralmente responsables de implicarse en procesos comunales cuando persiguen los propósitos morales de la escuela y abordan los desafíos continuos de la vida y trabajo cotidiano en las escuelas (Furman, 2004:221-222).

Su propuesta se asienta sobre una concepción de la comunidad como un proceso o una manera de “vida ética”  en una sociedad diversa (Furman y Shields, 2003:6). Comunidad, pues, no como  entidad o producto, sino como un proceso y, al tiempo, un propósito, siempre inacabado, hacia el que dirigirse: El sentido de comunidad, de conexión con otros, se basa en relaciones, que a su vez dependen de los procesos continuos de comunicación, diálogo, y colaboración y no de un conjunto discreto de indicadores tales como ‘valores compartidos’ y ‘toma de decisión compartida’. (Furman, 2003:4).

La práctica de liderazgo, por tanto, habría de estar orientada por una ética de comunidad,  más específicamente  de comunidad democrática.  Una comunidad que abrace los ideales, valores  y procesos de la democracia profunda, entre ellos:

  1. Procesos de conocer, comprender y valorar a los individuos, sus culturas de casa y las comunidades en que viven (conocerlos como individuos únicos que son y como miembros de grupos culturales).
  2. Procesos de participación  plena e indagación abierta y constructiva, creando “espacios” (desde pequeños grupos en el aula hasta reuniones de todo el claustro) para el diálogo y la deliberación, para hablar y pensar juntos.
  3. Procesos comunales para trabajar hacia el bien común, tratando de conectar las ideas y significados generados  en el diálogo, con proyectos y acciones específicas (Furman, 2004: 224-227)

Planteamientos como los escuetamente referidos que insisten en que el liderazgo para una escuela más inclusiva no descansa  únicamente en quienes desempeñan puestos formales,  sino también en  los demás integrantes de la organización escolar y en los procesos democráticos de reflexión y acción en los que se impliquen son sin duda,  valiosos y sugerentes. La transformación de las culturas escolares, a la que aludía más arriba, es un proceso complejo que no puede ser manejado por una sola persona. Requiere  el compromiso y trabajo conjunto de reflexión, diálogo, indagación y acción que   implica a  todos los miembros del centro.

3.3. Dos facetas del Liderazgo: procesos y contenido
A la luz de lo comentado hasta aquí,  conviene distinguir, cuando hablamos de liderazgo, dos aspectos o dimensiones que se entrelazan, mutuamente  necesarios e interrelacionados: 1) la naturaleza del proceso en sí  y 2) el contenido o finalidad del mismo.

3.3.1. La naturaleza del proceso en sí
Por lo que respecta a la naturaleza del liderazgo, estamos hablando de un proceso que habrá de ser tan democrático como sea posible. En primer lugar, ha de proporcionar a todos la posibilidad de influir  en el establecimiento de las señas de identidad y grandes líneas de actuación del centro, en  las decisiones y en las prácticas escolares.  Un proceso, pues, inclusivo (Ryan, 2006), que incluye a tantos individuos y grupos y tantos valores y perspectivas como posible en tales  actividades. En segundo lugar,  ha de  posibilitar la  exploración libre de ideas y prácticas, el intercambio honesto, y  la discusión, deliberación, negociación  y análisis crítico de las mismas. Como señalan Mvkenzie y Scheurincch (cit. en Cambron-McCabe y McCarhty, 2005:215)  se trata de mantener una perspectiva crítica, de vigilancia constante, que siempre plantea las cuestiones ¿qué estamos haciendo? ¿Por qué lo estamos haciendo? ¿Qué valoramos? ¿Por qué valoramos eso? ¿En qué medida  son evidentes o no nuestros valores en la práctica? ¿Cómo lo que estamos haciendo afecta a todos los alumnos? ¿Lo que estamos haciendo privilegia a un grupo sobre otro? ¿Funciona para todos los alumnos, por qué y porqué no? ¿Son transparentes nuestras prácticas? ¿Es transparente nuestro liderazgo?

Por tanto, un liderazgo para la inclusión escolar, ha de ser  un liderazgo democrático y participativo, en el que ocupan un lugar importante las dinámicas de indagación abierta, comunicación,  diálogo, colaboración, trabajo en grupo  en un marco de respeto en el que necesariamente confluirán perspectivas no siempre consensuales, a veces conflictivas, sobre las que hay que optar desde una base moral. Estaríamos, así, ante un proceso en el que las dinámicas interpersonales y de grupo son clave:  escuchar con respeto, preocuparse por conocer y comprender a los otros, comunicar eficazmente, trabajar en equipo, implicarse en el diálogo continuo,  crear foros en los que sean oídas las voces de todos, etc. Lo son porque en un liderazgo de naturaleza democrática los procesos participativos y las relaciones comunicativas constituyen la vía privilegiada  para sacar a la luz los supuestos que subyacen a cómo construimos la inclusión en el centro escolar, y para construir, a través del diálogo,  significados y propósitos compartidos sobre la misma.

3.3.2. Contenido o finalidad

El segundo aspecto al que me refería antes  tiene que ver con el “contenido” de estos procesos. En efecto, también es crucial sobre qué versa el liderazgo, cuáles son  los valores, creencias concepciones  y convicciones que se  pretenden cultivar en el centro y qué propuestas pedagógicas sustentan.  Como señalé en párrafos anteriores, los propósitos morales de la inclusión, la justicia social, la equidad y la educación para todos exigen moverse en un marco ético. Pero como apuntan acertadamente Stefkovich y Begley (2007) ‘utilizar éticas no siempre es necesariamente ‘ético’ (…)Cuando valores no examinados se aplican de forma arbitraria justificadas en nombre de procesos democráticos, pueden ser cualquier cosa menos democráticos (p.211).

En un contexto de liderazgo formalmente democrático, es posible  acordar y consensuar  creencias, valores, principios orientadores de las prácticas y funcionamiento escolar  que sin embargo apuntalen oportunidades de aprendizaje desiguales para los estudiantes;  den cobertura a procesos y prácticas educativas injustas;  sustenten el individualismo profesional e  impidan la reflexión crítica sobre la práctica en el centro y en las aulas, y contribuyan a perpetuar  la creencia de que el cómo se están haciendo las cosas en el centro y en sus aulas es el mejor y único  modoComo advierte Rielh (2000: 61), el discurso democrático no está automáticamente ligado a cuestiones de justicia social y equidad;  los directores y profesores pueden implicarse en intercambios discursivos libres y honestos que de hecho no cuestionen nunca temas de justicia e igualdad. 

La democracia planteada únicamente en términos formales no es una democracia real y efectiva. No  basta, pues, con que  unos y otros estén incluidos y participen. Es además menester que las dinámicas de participación constituyan el contexto y ocasión para el diálogo, esto es para la reflexión, la clarificación y asunción de los valores y principios que han de orientar  e impregnar ese centro escolar, así como la educación no excluyente, justa y equitativa que  se pretende.  Valores y principios de inclusión   que  habrán de dar sentido a las decisiones, prioridades y actuaciones  en el centro escolar a lo largo del tiempo, y asegurar un mínimo de coherencia entre ellas:

Si el liderazgo va a ser verdaderamente inclusivo, debe promover los ideales de inclusión, democracia y justicia social más generalmente. No sólo deben los procesos de liderazgo escolar inclusivo practicar la inclusión, sino que deben también defenderla en sus escuelas, comunidades y el mundo como parte de perseguir de forma amplia la inclusión, democracia y justicia social a lo largo de las escuelas y comunidades (Ryan, 2006:14)

El “contenido” sobre el que articular el liderazgo tiene que ver con la inclusión y los valores y principios ligadas a la misma: el interés por el bien común, la participación, la justicia,  la equidad, el respeto por el valor  y dignidad de los individuos y sus tradiciones culturales, etc.  Pero también con los aspectos pedagógicos que conlleva. Porque no tiene sentido trabajar conjuntamente para construir sentidos y significados compartidos sobre la diversidad, la inclusión, la educación para todos, que no se reflejen en la práctica educativa cotidiana del centro y las aulas.  El liderazgo ha de contemplar ineludiblemente  las facetas curriculares  y de enseñanza-aprendizaje. Ello significa  entrar en dinámicas que posibiliten indagar, reflexionar, debatir, revisar  conjuntamente la práctica  docente: qué  se está haciendo en las aulas, con qué propósitos, en qué situaciones y cómo, qué funciona y porqué, qué aspectos resultan problemáticos, qué  formación que se está ofreciendo a los alumnos, qué  actividades  y modos de evaluación se propician, en qué medida se está posibilitando una enseñanza adaptada a las características y peculiaridades de cada uno, etc. Si es preciso, se deberá cuestionar tal o cual actuación a la luz de aquellos  valores y principios que se pretenden cultivar en el centro. Y se deberá explorar  algunas vías para desarrollar actividades educativas amplias, flexibles, variadas, diversificadas que  favorezcan la adaptación curricular a los diversos intereses y necesidades de los alumnos.

El currículo y la enseñanza constituyen el núcleo y razón de ser del centro escolar. Valores, principios, propósitos conjuntamente acordados y debatidos han de reflejarse en condiciones organizativas que faciliten un currículo y enseñanza atenta a la diversidad de todos y cada uno de los alumnos (formas de agrupamiento, horarios, dinámicas de coordinación docente, etc.) y en  prácticas de aula que  posibiliten aprendizajes valiosos y ricos para todos ellos.

Distintos autores que ya he ido citando a lo largo de este artículo  insisten en ello: Leitwood y Rielh(2005) recogen esta faceta pedagógica como un elemento clave del liderazgo exitoso de  directores en contextos de diversidad; Ryan (2006)  por su parte subraya que un liderazgo inclusivo, significará muy poco si esa participación no se ve reflejada en el aula (p.91). Por su parte, Furman y Shields (2003), insisten en que los propósitos morales de la justicia social y la comunidad democrática no pueden  ser considerados al margen o como aspectos desconectados del aprendizaje de los alumnos: Crear comunidades socialmente justas y democráticas y enfatizar lo académico y el desarrollo intelectual no son necesariamente metas opuestas.

Generar las condiciones y desarrollar aquellas prácticas que hagan posible que todos los alumnos puedan aprender bien, en un contexto socialmente justo y democrático, es, en última instancia el reto del liderazgo que se despliegue en el centro escolar.  

4. ¿Qué papel para  la dirección del centro en el proceso de liderazgo?

La complejidad  y multiplicidad  de aspectos organizativos y curriculares que  entraña la adecuada respuesta educativa a un alumnado cada vez más diverso  personal, social, culturalmente hace que sea improbable que una única persona (por ejemplo, un director) pueda proporcionar liderazgo para todo y en todas las situaciones, máxime en lo que respecta a cuestiones curriculares y de enseñanza. El liderazgo ha de ser  una responsabilidad de todos en el centro. En estas coordenadas cabría preguntarse qué función le corresponde desempeñar al director, puesto que se le se reclama un papel de liderazgo y no sólo de gestión.

Se trata, en primer lugar, como se ha comentado anteriormente, de desplegar un liderazgo organizado alrededor  de un propósito común y valores comunes democráticamente acordados –los que corresponden a una escuela y currículo no-excluyente, democrático, equitativo y justo –. Un importante papel del director será  facilitar aquellas condiciones que hagan posible que la visión del centro y la educación que se pretende construir sean debatidas por  el conjunto de los miembros, con sus distintas voces, interpretaciones e intereses,  en procesos de deliberación y negociación.

En  segundo lugar, es preciso  mantener ligadas a la las personas, estructuras y recursos en torno a  esos valores y principios básicos. Eso implica  para un director o directora   potenciar el liderazgo de otros miembros de la organización: liderazgo efectivo puesto que deberá garantizar que tomen parte activa en  las consecuentes decisiones y actuaciones sobre cuestiones organizativas, educativas, curriculares y de enseñanza.

El papel del director o directora  es básico para que los miembros tomen conciencia  de en qué medida se están manteniendo condiciones y prácticas organizativas y educativas no-democráticas e injustas, así como de la necesidad  de transformarlas. En tal sentido, el director, por ejemplo,  habrá de hacer accesible a los miembros de la comunidad escolar información sistematizada sobre la  que analizar y discutir   lo que está sucediendo en el centro (pensemos por ejemplo, en la que se puede ofrecer a partir de la valoración de los resultados del centro aportada por las evaluaciones de diagnóstico previstas en la LOE, 2006). Promover dinámicas de análisis conjunto de la realidad del centro, qué educación se está proveyendo, qué alumnos se benefician de ella o quiénes están quedando fuera  y porqué…,  constituye un prerrequisito con vistas  a clarificar, negociar  y acordar colectivamente qué valores, principios, significados y compromisos han de orientar las actuaciones organizativas,  curriculares y de enseñanza en el centro, y cómo se traducirán en el trabajo entre los docentes, con los alumnos, con las familias y con la comunidad.

En tales coordenadas, será imprescindible una actuación directiva que propicie y apoye procesos de colaboración profesional entre profesores, entre éstos y otros profesionales y miembros de la comunidad escolar que hagan posible el liderazgo pedagógico.  Porque, como ya se señaló, el individualismo y  la sacralización de la autonomía y discrecionalidad  docente no es sino una barrera en el camino hacia una escuela no-excluyente. El desarrollo de relaciones profesiones de colaboración, constituye una condición y proceso organizativo sine qua non si se quiere  que los valores, principios y propósitos, que se  acuerden  como vertebradores del funcionamiento del centro, no se queden en simples declaraciones de intenciones  y puedan materializarse en actuaciones concretas en el centro, en las aulas y en la comunidad educativa.    

En esta misma línea de promoción de la colaboración y el trabajo conjunto,  la acción directiva puede jugar un papel crucial a la hora de  cultivar las relaciones  con las familias, la comunidad y diversos agentes sociales. Porque también el centro escolar ha de desarrollar  la capacidad  de generar confianza y sostener redes externas e internas de apoyo.

Estas líneas que enmarcan la actuación directiva en el centro son, desde luego, muy genéricas. Más fáciles de expresar por escrito que de desplegar en la práctica. En este plano entran en juego múltiples condicionantes, entre otros: las políticas sociales y educativas, los recursos materiales y personales en los centros, las peculiaridades concretas de cada contexto escolar, la formación de los directivos así como su propio posicionamiento, más o menos activo y crítico, en medio de la diversidad.

 

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